
La teoría Psicoanalítica aparece a finales del siglo XIX (alrededor de 1896) fundada por el neurólogo austríaco Sigmund Freud en Viena. La importancia del psicoanálisis proviene del descubrimiento de fuerzas inconscientes que motivan la conducta. Pero ¿si son inconscientes, como tenemos conocimiento de ellas?
En primer lugar, los actos fallidos son equivocaciones al hablar, escribir o recordar que revelan una intención oculta o reprimida, que entra en conflicto con el rol o situación en que la persona que lo manifiesta se encuentra.
En segundo lugar, los sueños se consideran la puerta de entrada hacia el inconsciente, tan difícil de desenmascarar debido al contenido algunas veces poco claro con el que aparecen. Incluso cuando parecen ser abiertos y claros su significado puede variar simbólicamente de su contenido manifiesto.
En tercer lugar, los síntomas neuróticos, que se pueden definir como miedos o ansiedades que de forma encubierta causan comportamientos repetitivos relacionados con uno mismo o en relación con los demás.
Es conveniente tener en cuenta que cada período histórico, así como cada sociedad o cultura concede diferente peso a las características que se consideran neuróticas, sobre todo en aquellos aspectos más leves o que suponen menor malestar para la persona o el grupo.
Actualmente, el psicoanalista argentino Gabriel Rolón, rescata dos pilares importantes para alcanzar y mantener el bienestar a largo plazo, recordando que las ideas de principios del siglo XX procedentes del fundador del psicoanálisis siguen vigentes en nuestros días. Se refiere al amor y al trabajo.
Desde la mirada del psicoanálisis, el amor y el trabajo no son solo aspectos importantes de la vida cotidiana, sino verdaderos organizadores del equilibrio psíquico. Como planteaba Sigmund Freud, la capacidad de amar y de trabajar constituye un indicador central de salud mental, ya que ambas implican la posibilidad de vincularnos con el mundo de manera creativa y significativa.
El amor, en sus múltiples formas, nos confronta con nuestros deseos, nuestras carencias y nuestra historia afectiva. A través del vínculo con otros, se ponen en juego conflictos inconscientes, pero también la posibilidad de elaborarlos, transformarlos y encontrar nuevas maneras de relacionarnos. Amar implica salir de uno mismo, tolerar la diferencia y construir lazos que otorguen sentido y sostén emocional.
Por su parte, el trabajo no solo cumple una función económica, sino que permite canalizar la energía psíquica (libido) hacia actividades productivas y socialmente valoradas. Trabajar implica crear, aportar, sentirse útil y reconocido, lo cual fortalece la autoestima y la identidad. Además, brinda estructura, propósito y una inscripción en el lazo social.
Tal como retoma Gabriel Rolón, cuando una persona logra establecer vínculos afectivos relativamente sanos y desarrollar una relación significativa con su actividad laboral, se generan condiciones más favorables para el bienestar psíquico. Además, algunas veces cuando falla una de las áreas nos podemos apoyar en la otra. No se trata de ausencia de conflicto, que es inherente a la condición humana, sino de la capacidad de gestionarlo, simbolizarlo y encontrar formas de vivir con mayor libertad interna. Rolón subraya que alcanzar el equilibrio entre relaciones sanas y un trabajo donde uno se sienta feliz, no siempre depende de la voluntad individual, admitiendo que la teoría es fácil de comprender, lo difícil es llevarlo a la práctica.
En definitiva, amar y trabajar no garantizan una vida sin malestar, pero sí constituyen dos pilares fundamentales que permiten sostener, transformar y dar sentido a la experiencia humana. Cuando una persona es feliz con quien está y es feliz con lo que hace, esa persona va a ser una persona sana.
